El Payaso del Bosque
En el corazón de un pueblo aislado, donde los senderos polvorientos se entrelazaban con la espesura de bosques ancestrales, los padres susurraban una leyenda que helaba la sangre: el Payaso del Bosque. Una criatura que emergía en las noches sin luna, sedienta de almas infantiles desobedientes. Al principio, solo un cuento para mantener a los niños a raya, pero pronto, la realidad superaría con creces la ficción.
Javier, un muchacho de espíritu indómito, desafiaba las advertencias con risas burlonas. Para él, el bosque era su reino, un laberinto de secretos y aventuras. Acompañado de sus amigos, se adentraba en la oscuridad, ignorando los escalofríos que recorrían la espalda de los adultos.
Una noche, la luna se ocultó tras un manto de nubes, sumiendo el bosque en una negrura impenetrable. Javier, separado de sus compañeros, sintió un escalofrío que no provenía del frío. La luz vacilante de su linterna reveló una figura grotesca: el Payaso del Bosque. Su rostro, una máscara de maquillaje corrido y sonrisa distorsionada, ocultaba una maldad ancestral. Sus ojos, pozos de oscuridad sin pupilas, brillaban con una luz propia, antinatural.
La voz del payaso, un susurro rasposo que parecía surgir de la tierra misma, resonó en el silencio: "¿Jugando en el bosque, pequeño desobediente?". Javier intentó huir, pero sus piernas se negaron a responder. El miedo lo había petrificado.
El payaso se acercó, su aliento helado rozando la mejilla de Javier. "Tu madre te advirtió, ¿no es así? Pero los niños como tú... nunca escuchan". Una risa gutural, como el crujido de huesos, llenó el aire.
De repente, las sombras del bosque cobraron vida, enredándose alrededor de Javier como zarcillos oscuros. La tierra se abrió a sus pies, intentando engullirlo. El payaso, ahora una sombra alargada que se cernía sobre él, susurró: "Los niños malos... se quedan aquí para siempre".
La linterna cayó, dejando a Javier en la oscuridad total. Un coro de risas infantiles, mezcladas con gritos ahogados, resonó a su alrededor. Manos huesudas y frías emergieron de la tierra, aferrándose a sus tobillos.
"Bienvenido a tu nuevo hogar, Javier", dijo el payaso, su voz ahora un susurro en su oído. "Aquí, la noche nunca termina".
Un dolor punzante atravesó el pecho de Javier, como si su alma fuera arrancada de su cuerpo. Sus gritos se perdieron en la oscuridad, silenciados por las risas de los otros niños atrapados.
Al amanecer, los padres encontraron una nota manchada de sangre en el sendero del bosque: "El Payaso siempre cumple sus promesas".
Y desde entonces, el miedo se arraigó en el pueblo. Los niños, temerosos, obedecían cada orden. El Payaso del Bosque, una leyenda convertida en realidad, acechaba en la oscuridad, esperando a su próxima víctima.
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